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El pasado 9 de noviembre la policía de Cuba detuvo al rapero contestatario de 31 años Denis Solís, y el Tribunal Provincial de La Habana lo condenó en juicio sumario a ocho meses de prisión por el supuesto delito de desacato. Esta injusticia ha llevado a que el Movimiento San Isidro (MSI), organización de artistas y activistas a la que el rapero pertenece y que desde hace un tiempo ha puesto en jaque a la fuerza política y la dictadura cubana, emprenda una lucha que no solo busca su liberación, sino la de todos los cubanos de una vez. Luego de exigir algunas demandas puntuales, varios miembros del MSI han comenzado tanto huelgas de hambre como de hambre y sed. Están dispuestos a morir, han dicho.

A continuación presentamos. junto a la revista El Estornudo, dos textos desde la sede de los huelguistas en La Habana.

Los huelguistas de San Isidro

Por Katherine Bisquet

Es el quinto día de protesta por la liberación de Denis Solís. Estamos encerrados en la sede del Movimiento San Isidro, Damas 955. Ya de noche, a un metro de distancia, siento la respiración de los huelguistas. Es un aliento vacío y rancio, y aunque no lo logro relacionar con nada más, me produce un estado de tristeza terrible. «¿Por qué hemos llegado a este punto?», le pregunto a Luis.

Estamos en la planta de arriba, sentados sobre un bulto de ropa sucia que amortigua el piso duro y nos sirve de colchón. Tratamos de buscar dentro de ese mismo bulto de ropa algo que nos sirva. Olemos cada pieza, escogemos una, la usamos, la intercambiamos, la volvemos a usar. Es la hora en la que preparamos algo de comida para las cinco personas que coordinamos todo y cuidamos a los huelguistas.

Las cosas se cocinan hervidas para no despertar el deseo. Comemos apartados. Mi mente se resiste a penetrar demasiado profundo en sus propios vericuetos. Mi accionar debe ser efectivo, óptimo. Mi cuerpo siente el peso de estas vidas, el de la mía propia. Si ella se relaja, él ríe; si ella se atormenta, él grita.

«Si pudiéramos ser libres, Luis», dice Omara, mientras se masajea suavemente la frente. A ratos, estalla alguna catarsis, pero por el momento son fugaces como un débil cortocircuito. Enseguida reconectamos, enseguida mantenemos la luz prendida.

No se piensa aquí en la muerte, aunque esta gente ha decidido morir. Pero la razón de sus muertes trae un aliento de vida muy sereno. No hemos llegado a ningún punto. No nos desesperamos aún. Sabemos que la pelea irá in crescendo.

«Para mí, la huelga de hambre es el poder de decisión que tiene uno sobre la materia», me dice Luis. «Mi mente y mi espíritu siempre andan en una dimensión otra, pero mi cuerpo tiene que estar aterrizado en el país este».

Él habla y yo armo una almohada con ropas dentro de un saco de vestir. «Si yo quiero hacer un dibujo con un carboncillo especial, aquí no hay carboncillo ni pinga, entonces mi espíritu tiene que bajar al terreno de mi cuerpo. Si yo quiero decirle algo al régimen, mi espíritu tiene que volver a bajar al cuerpo porque, si no, a este le toca el calabozo. Mi espíritu es un ente libre que está preso en un cuerpo que está preso en un sistema. Ahí es cuando dices, espérate un momento, y decides no aguantar más. Yo sí creo que la muerte mía puede significar muchas cosas. El sacrificio es la base del cambio de este país».

«Mi espíritu acaba de bajarme al cuerpo», pienso mientras transcribo estas palabras y escucho las arcadas de Yasser, que vomita por segunda vez desde que decidió hacer huelga de hambre. El cuerpo se opone a la resistencia. Sigo, sin embargo, sin pensar en la muerte.

He cargado conmigo Y la muerte no tendrá dominio, una compilación de poemas de Dylan Thomas que he leído quizá demasiadas veces. Estoy convencida de que no tiene dominio: la muerte aquí solo tiene la frialdad del piso y la humedad de las paredes. La muerte solo habita en el cemento. Esta gente pegada al suelo tiene el espíritu demasiado lejos, demasiado desprendido de los cuerpos diseminados sobre el suelo de la casa.

La casa verde

Por Anamely Ramos

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Desperté hoy y lo primero que vi fue el techo verde de mi casa de campaña. ¿Dónde estoy? Vinieron a mi mente los numerosos lugares naturales que he visitado al resguardo de esta casa verde. ¿El último? El Valle de Viñales, con dos amigos entrañables y mi pequeño hijo. ¡Cuánto daría por escuchar ahora su risa nerviosa cuando sus pies tocaron la hierba mojada!

El despiste se cuenta lento, pero realmente duró solo un instante. Recordé en seguida dónde estaba y por qué. La palabra Denis retumbó en mi cabeza y pensé en la posibilidad de que lo dejaran llamarme hoy. Sabía muy bien que el paisaje que iba a encontrar fuera de la casa incluía el rostro de mis amigos huelguistas, todavía con fuerzas suficientes para bromear y conversar. Escuchaba sus risas desde adentro y trataba de retenerlas para los días de silencio que sé que vendrán. 

Cuando finalmente salí, vi que ellos esperaban al hombre del pan, porque, aunque no están comiendo, saben la importancia de que nosotros lo hagamos, sobre todo Omara. Ella es el lugar al que todos miramos si sentimos que algo aprieta y comenzamos a cansarnos. Entraron con las manos vacías, venían diciendo lo que los vecinos acababan de confirmar: que el pan estaba difícil hoy. No podemos tener un país sin pan. Eso es un absurdo. No pan y no derecho a un proceso penal justo, razones más que suficientes para dar el berro.

La casa de campaña había llegado a San Isidro con la honrosa tarea de participar en una obra de teatro experimental que el dramaturgo Marien Fernández nos mandaba desde Yaguajay.

«Monten esta obra, y fílmenla, y hagan la viral, acaban de rechazarla en Ediciones Loynaz, estoy ya cansado de que esas editoriales me traten como un perro. Le doy los derechos al Movimiento San Isidro para montar mi texto “textral” del arte efímero».

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Sin embargo, la Seguridad del Estado, al cortar nuestros suministros, nos arrojó prácticamente a la huelga, por lo que la situación se crispó inesperadamente y nos encontramos de repente en el vórtice de una cotidianidad extrema. ¿Qué se hace cuando el horizonte de tu vida se reduce abruptamente al lapsus de diez o veinte días? ¿Acaso cambian los pensamientos que empiezan a rondarte? ¿Imaginas algún deseo final?

Yo quiero montar la obra de teatro experimental de Marien. Vamos a hacerla cuando todo esto termine y así le damos a Denis el personaje principal.

Una de las primeras cosas que ocurren cuando alguien comienza una huelga es que cambian los roles de los objetos, de esos pequeños bienes que lograron entrar antes a la sede del museo, a pesar del asedio de la Seguridad del Estado. De pronto se vuelven importantes, a la par de nosotros mismos. ¿Será por eso que Maykel Osorbo dice que todos somos piezas del museo? 

Los objetos pueden tener una historia de vida, como las personas. Registran en ellos los cambios de humor o los giros del destino que a veces los hombres consiguen disimular. Para ellos es más difícil, reposan casi siempre a la vera de la funcionalidad humana y de los jalones del contexto. La casa de campaña iba a ser atrezzo y terminó siendo el juguete nuevo de personas que se tumban juntos en el piso de cemento de un amigo. Ella reúne en sí todo el sentido de lo fabuloso que ahora necesitamos conservar más que nunca, para que el juego de la libertad consiga mantener nuestras mentes libres.

Esta es la historia de una casa de campaña verde y de un puñado de emociones unidos a ella. Todavía no consigo hacer la historia de los cuerpos que la rodean, o de las almas que animan esos cuerpos. Mucho menos de las cosas que se van perdiendo, de las renuncias y de los anhelos.

source https://www.vice.com/es_latam/article/5dp3g5/activistas-emprenden-huelga-de-hambre-y-sed-en-cuba-por-la-liberacion-del-rapero-denis-solis

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