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Este artículo se publicó originalmente en VICE Francia.

El personal de salud y los trabajadores sexuales a menudo son vistos como polos opuestos. Sin embargo, ambos rubros se ocupan de atender las necesidades corporales, suelen ser vistos como “trabajos para mujeres” y son esenciales para la sociedad, aunque de formas diferentes. El trabajo sexual puede ser muy lucrativo, pero está estigmatizado, mientras que los trabajos en el sector de la salud se consideran nobles, pero están mal pagados.

Tras trabajar como actriz porno, productora y directora, Liza Del Sierra, de 35 años, decidió retomar sus estudios de enfermería en 2018. Ahora trabaja como voluntaria en el cuerpo sanitario de reserva francés, un grupo de profesionales que ofrecen su ayuda en tiempos de necesidad. Durante la primera ola de la pandemia, la asignaron a una unidad de reanimación en un hospital francés (no ha querido compartir el nombre del lugar), trabajando con pacientes de la covid-19. No recibió un salario, pero la universidad le reconoció su labor como prácticas profesionales. Para poder subsistir, siguió actualizando su OnlyFans en su tiempo libre.

En el hospital, el personal de salud se enfrentaba al virus en primera línea. “Nos quedamos sin medicamentos y sin suministros, y algunos pacientes acabaron muriendo en condiciones terribles”, dijo. “A veces, tenían problemas para respirar durante 45 minutos [esperando los ventiladores]. Era terrible ver aquello”. Del Sierra dijo que no podía parar de pensar en lo solos que se sentían sus pacientes, lejos de sus familias y amigos en esos momentos tan difíciles. Entre todo el caos y la tristeza, se dio cuenta de que era el primer trabajo en el que sus compañeros no la molestaban por su trayectoria pornográfica. “Me gustó que me vieran como una profesional”, dijo.

Del Sierra no es la única trabajadora sexual con bata médica. Con un salario bruto medio de 1800 euros al mes en Francia y un trabajo estresante, muchos trabajadores del sector salud recurren a los trabajos sexuales para complementar sus salarios y como una forma de liberación. Layna, enfermera de 30 años, comenzó a trabajar como stripper cuando estudiaba. Dijo que ese segundo empleo le ayudó a lidiar con la tarea tan estresante de cuidar a gente con problemas serios.

“Solía bailar dos o tres noches a la semana”, dijo. “Es lo que me salvó del agotamiento”. Con los años, le asignaron más y más pacientes y tuvo que comprometer la calidad de su trabajo. “Básicamente, nos obligaban a tratar mal a la gente”, dijo. “Por la noche, me iba a casa y pensaba en el día, culpándome a mí misma por todo. Debería haberlo hecho de forma diferente. Estaba muy cansada”.

Durante la primera ola de la pandemia, la llamaron para suplir una baja en un hospital cerca de París. “Había 35 pacientes por enfermero y dos auxiliares en total”, dijo. Acababa de trabajar tarde por la noche y el siguiente turno comenzaba a las siete de la mañana, así que muchas veces tenía que dormir en el coche. “No podíamos cubrir los turnos. Ni siquiera teníamos suficiente personal de limpieza. Todo el mundo sufría”, dijo. “Lo peor de todo es que no tenía tiempo para mostrar compasión a los demás”.

Cuando dejó de trabajar en el hospital, Layna decidió irse a Guadalupe, una región de ultramar francesa en el Caribe donde los clubs de striptease seguían abiertos. Allí, comenzó a bailar a una distancia segura del público con la mascarilla puesta. “Me ayudó a aclarar las ideas”, dijo. “De repente, sentí que tenía el control”. Ahora, se ha tomado un tiempo de descanso pero dice que su trabajo como enfermera es lo que más le gusta hacer.

Fouad*, de 30 años, ofrece servicios de acompañamiento, estudia un doctorado y cuida a personas ancianas y con discapacidades. Este último empleo, consiste principalmente en tareas de la casa, preparar la comida, limpiar al paciente, o incluso llevar a cabo trabajos administrativos. A veces, también requiere realizar tareas más triviales. “Uno de mis clientes más jóvenes que tiene una discapacidad me pidió ayuda para escribir a sus amigos y utilizar aplicaciones de citas”, nos contó Fouad en el parque de París en el que nos encontramos.

Al igual que Del Sierra y Layna, Fouad estuvo trabajando hasta 60 horas a la semana durante la primera ola. “Había una demanda enorme de cuidadores. Además, teníamos que sustituir a los trabajadores que habían estado expuestos al virus”, dijo, añadiendo que no le habían pagado más dinero por los turnos de noche o las horas extras. “Ni siquiera podíamos pedir la paga extra que dieron al personal de salud después de la primera ola”, puesto que, según explicó, no se tomó en cuenta a los cuidadores que trabajan solo para un individuo.

Más tarde, empezó a trabajar como escort, por razones que no ha querido revelar. “Ambos son trabajos basados en servicios. No me parecen tan diferentes”, dijo. Pero tener dos trabajos suponía un dilema: podía infectar a un paciente con el virus después de estar con un cliente. Finalmente, Fouad decidió seguir con el trabajo sexual, porque no consideró que tuviera un riesgo mayor que otros empleos. “Solo veo a cuatro clientes al mes, eso es todo. El resto del tiempo, trabajo con el ordenador”, dijo. “Es fácil señalar a grupos estigmatizados mientras el resto del mundo se mete en el metro o en supermercados abarrotados de gente”.

En Francia, no es ilegal ser escort, pero solicitar servicios sexuales está criminalizado desde el 2016. Este tipo de ley trata de penalizar a los clientes mientras protege a los trabajadores sexuales y se conoce como el modelo nórdico porque se implementó por primera vez en los países escandinavos. Pero según los trabajadores sexuales franceses, la ley ha hecho que su trabajo se vuelva más peligroso, puesto que tienen que ofrecer sus servicios en zonas muy escondidas para que los clientes puedan evitar a la policía.

Camille es una madre soltera de 33 años con una discapacidad invisible. Trabaja como cirujana oral en una clínica privada y como dominatriz profesional. Camille dice que el trabajo sexual le ofrecía un ingreso extra y era compatible con su horario y su enfermedad. En mayo, cuando las clínicas volvieron a abrir en Francia después de seis semanas de confinamiento, empezaron a recibir muchísimos pacientes y acabó agotada.

Al final, dejó de trabajar en la clínica y se dedicó por completo al trabajo sexual para compensar los meses que había pasado sin sueldo. Pero eso también significó tener que aceptar condiciones de trabajo que, si no necesitara dinero, no hubiera consentido. “Los clientes vienen a mi casa porque muchos están casados y, además, hay más restricciones de movimiento ahora”, nos contó por Skype. “Tuve que renunciar a mi seguridad y arriesgarme a traer la covid a casa. No me quedó otra opción”.

Camille dijo que sus clientes no respetan demasiado las medidas de seguridad, así que intenta trabajar lo justo para pagar las facturas. El riesgo al que se enfrenta pone de manifiesto otro problema que el personal de salud y los trabajadores sexuales comparten: la pandemia los ha puesto a todos en una situación precaria.

*Se ha cambiado el nombre.

source https://www.vice.com/es_latam/article/n7vmjx/personal-salud-cuenta-por-que-realiza-trabajo-sexual

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