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Hace dos días, justo antes de salir a marchar, un amigo me escribió una pregunta por chat. “¿Qué sabés de Spinoza?, una amiga necesita ayuda”. Le respondí en un audio de afán. No sé mucho de Spinoza, le dije, pero hay una frase: Nadie sabe lo que puede un cuerpo, que siempre me retumba en la cabeza. Me despedí del amigo que me dijo que me cuidara. “Ojo con la tomba que está con el dedo en el gatillo”.

A las cuatro de la tarde el plantón en el Parque de los Deseos se empezó a movilizar hacia el centro, por Carabobo. La atmósfera estaba tensa y festiva, como casi siempre en las marchas. Algunos manifestantes se ensañaron contra un cajero, cayeron vidrios y varias paredes fueron pintadas con grafiti: Nos están matando. A.C.A.B. 1312.

La marcha siguió su rumbo. El Covid dejó de existir por un rato largo.

Más adelante se escuchó la primera explosión y el grupo se subdividió por las calles paralelas. El Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) hizo entrada con su acostumbrada delicadeza. Cerca de la estación Prado del Metro la marcha se reunió de nuevo. Vi una barricada con fuego que logró parar el tráfico. Mucha gente alrededor miraba como si los noticieros hubieran salido a la calle. Comentaban entre ellos la faena que ocurría a unos metros. Yo estaba atento a las palabras de la gente que nos observaba, en general se alineaban a los cánticos de la protesta. “Se están haciendo escuchar, no hay otra manera”, le oí decir a una mujer mayor.

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Foto por: Liberman Arango.

En la Playa con la Oriental empezaron los disturbios con los carabineros. Conté alrededor de cuarenta caballos con sus jinetes, con palos largos que utilizaron contra algunos manifestantes. El sonido cadencioso de los cascos que golpeaban contra el pavimento me hizo sentir en otra época. Se escuchaban explosiones cercanas. De nuevo la marcha se derramó por las calles paralelas y empezaron enfrentamientos en distintos sectores: cerca del Parque del Periodista, en la Playa y por las Torres de Bomboná. El centro estaba en disputa. Los uniformados, a pie y a caballo, contra varios puñados de manifestantes que lanzaban piedras y palos.

En la avenida Oriental me topé con un grupo de siete tipos, sin tapabocas, con varios bates bastante nuevos que me resultaron sospechosos. Desde hacía un rato estaba pensando en las posibilidades de que la Policía infiltrara la protesta, ya había visto videos de la noche anterior en Bogotá en los que civiles disparaban armas de fuego bajo el amparo de la Policía. No tenía pruebas, pero me parecía apenas lógico que lo pudieran hacer, que infiltraran la marcha para desviar la atención de los medios.

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Foto por Liberman Arango.

En la Playa, a la altura de Girardot, quedamos en un embudo; unos carabineros nos hacían subir calle arriba y otros nos obligaban a bajar. En medio del bonche pensé en la frase de Spinoza sobre el cuerpo cuando un grupo de carabineros le pasó por encima a un pelado que había hecho un grafiti en una persiana metálica. La rabia, la fuerza, la impotencia, todo eso se mezcló en mi cuerpo. Experimenté la efervescencia de mi sangre arder por unos segundos. Sentí una violencia explosiva al ver el uso desmedido de la fuerza. Tres caballos contra un cuerpo. Pensé en arrojarme en su ayuda, pero me vi limitado, minúsculo ante el tamaño de los caballos. Me temblaban las manos y escuchaba cómo varias personas gritaban que no lo atropellaran, que así no. Llegó una mujer de derechos humanos y solo ahí dejaron en paz al pelado que levantaba las manos en señal de rendición. El grupo de carabineros se cerró en círculo y escuché una fuerte explosión que ellos mismos causaron. Los caballos no se movieron un milímetro.

Un cuerpo puede con tres caballos percherones encima. Un cuerpo puede con un bolillazo en la cabeza. Un cuerpo soporta que lo arrastren por varios metros después de muchos golpes.

Con rabia me alejé de los disturbios. Se estaba haciendo de noche y las cosas parecían recrudecerse. En la noche la Policía tiene otras libertades. Caminé hasta las Torres de Bomboná y en la calle del tranvía la vida seguía su curso natural, la gente caminaba hacia sus casas arriba en la montaña, el tranvía estaba cerrado. Algunos miraban cada tanto y comentaban sobre la protesta.

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Foto por: Liberman Arango.

Después de marchar, correr y huir de los gases lacrimógenos y de los caballos por casi tres horas necesitaba una cerveza.

El Covid volvió a existir cuando uno de los celadores de Las Torres le dijo a un grupo que estaba sentado en círculo que debían conservar la distancia y ponerse el tapabocas.

Afuera se empezaron a escuchar algunas explosiones. La protesta todavía no terminaba.

En la noche, cuando sentí las cosas menos turbias, de regreso a casa encontré varias señales de tránsito arrancadas de cuajo del pavimento, estaban arrumadas en una acera. Intenté agarrar una para ver cuánto pesaba y desde atrás brincó un habitante de la calle que me dijo que eran de él, para reciclaje, dijo. Un cuerpo puede con los restos de la protesta.

source https://www.vice.com/es_latam/article/ep4wwm/lo-que-puede-un-cuerpo

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